Eduardo Hernández Santos, Corpus fragile, 1997.
Cortesía de The Farber Collection.

Después del primero parte de su intercambio con Lidia Hernández Tapia, Eduardo Hernández Santos refiere sus primeras exposiciones, la serie reciente de El Muro y el boom del falo en el arte cubano.

Usted fue uno de los primeros artistas cubanos de la plástica en abordar los conflictos de género, el homoerotismo, la ambigüedad sexual, en el contexto de los años noventa. Su exposición Cuando los cuerpos se confiesan, presentada en la Universidad de La Habana en 1998, fue retirada »por no estar acorde con los principios que promueve dicha institución». ¿Cómo ha sido su relación con la censura?

Cuando los cuerpos se confiesan fue una exposición que curó Andrés Isaac. Padecer la censura ha sido muy difícil para mí. Nunca lo he negado, pero tampoco he hecho de ello una posición. Muchas personas siempre están hablando de lo que les pasó, yo hablo si es necesario. No lo he necesitado para crecer como artista, o como persona. Si no, me hubiera enquistado en el resentimiento.

La censura está ahí, son etapas que puede tener un artista, momentos tristes o penosos de una nación. Y hay que saber crecer para poder hacer otras cosas.

Rufo Caballero denominó como “boom del falo” a un fenómeno que ha ocurrido en la plástica cubana desde la década de los ochenta en adelante. Se trata de la representación del órgano masculino como símbolo de reflexiones sobre temas polémicos de la sociedad. ¿Hasta qué punto ha contribuido el arte para barrer los prejuicios de una sociedad donde persisten ecos de la ideología patriarcal?

A pesar de tener un compromiso con lo masculino y lo homoerótico, no he utilizado tanto lo fálico en mi obra. A veces es más sugerido. Siempre pagué por ponerlo, porque no es lo mismo un falo en una fotografía que en un dibujo. En el dibujo dicen que es una metáfora, pero en una foto la mirada siempre va hacia allí. El panorama ha cambiado muchísimo respecto a esas problemáticas. Aunque, cuidado. Han variado las intenciones, o las posiciones de las políticas culturales, pero los prejuicios están ahí, incólumes.

Ilustración por Eduardo Hernández Santos para la revista Unión, no. 37, septiembre-diciembre 2000.
Cortesía de habanaelegante.com.

Creo que fui el artista de los noventa, que con respecto a los conflictos de lo homoerótico, llevó una actitud de avanzada en su obra, y actitud personal. Parece sencillo, pero en su momento fue tremenda responsabilidad. Más que beneficios, me trajo muchos sabores amargos.

Debo confesarlo así, no creo que haya sido aceptado fácilmente. Mi obra surge de la experiencia de vida, de una necesidad determinada por un contexto. Al comienzo era más ingenua, ahora es muy bien pensada. La he realizado con toda la honestidad del mundo, y la he expuesto.

¿Tiene que ver la mutilación de las imágenes que aparecen en sus obras con el contexto al cual se refiere?

Por supuesto. Todo guarda una enorme relación con mi trabajo. Mis modelos siempre son sometidos a algo, una mutilación, una herida. No solo en Cuba, sino en otras partes del mundo, todavía no se asume la sexualidad “otra”, los conflictos de género. Pero mi obra no siempre se refiere al mismo tema. Muchas veces hablo del ser humano, homo o no.

Eduardo Hernández Santos, Strong.
Cortesía de visitcuba.com.

Desgraciadamente, como desde el comienzo mi compromiso es muy definido, pues el cliché permanece. No obstante, no me siento atado a un mismo tema, puedo hablar también del transgénero, o lésbico.

El arte permite libertad. Por ejemplo, en mi exposición de 2008, Palabras, la intención era hablar de un conflicto entre la palabra de altísimo contenido social y movilizativo de nuestro contexto, y su relación con la individualidad. Cómo eso está en juego en la realidad cubana.

Eduardo Hernández Santos, La Masa, de la serie Palabras.
Cortesía de visitcuba.com.

¿Cómo ha influido la autocensura en el proceso creativo, luego de estas experiencias?

Autocensura es una palabra muy interesante. Cuando a uno le han sucedido tantas cosas, llega el momento en que se autolimita. He necesitado una espada para luchar contra eso. La sociedad cubana sigue siendo patriarcal. Esas cosas no se cambian tan rápido. Me siento muy orgulloso de haber sido en los noventa un joven que construyó una obra, que trató de empujar esos prejuicios hasta el límite que cuestionara.

En el año 1993 hice Homo Ludens, que en el espacio de la fotografía cubana de la Revolución es la primera exposición homoerótica, comprometida con un discurso frontal, pero muy estética. No pretendía reflejar grandes contradicciones, sino proponerle a la sociedad que también el cuerpo del hombre era para analizar, puede provocar placer, y no solo a las mujeres.

Eduardo Hernández Santos, de la serie Aproposito los flores.
Cortesía de visitcuba.com.

Usted pertenece a la generación de artistas cubanos que dio los primeros pasos en la relación con los circuitos comerciales del arte internacional. ¿Cómo ha sido su relación con el mercado?

Nuestra generación fue formada bajo principios éticos, más que de mercado. Eran otros tiempos, otra manera de ver el arte, y la vida. Existía un compromiso con la misión de hacer arte. Hoy muchos jóvenes piensan primero en el mercado, y después lo demás.

Yo hubiese querido disfrutar en el mercado la misma suerte que he tenido con la crítica y los libros de arte. Soy un artista que desbarata la fotografía, y hay prejuicios respecto a eso. Por otro lado, los temas que abordo no son para un público general. Todo el mundo no los colecciona. Mi trabajo tuvo un momento de esplendor desde finales de los noventa hasta 2006, y después vino un enfriamiento leve. He triunfado en el mundo del prestigio intelectual, más bien, pero no en el mercado.

Eduardo Hernández Santos, De profundis, de la serie Palabras.
Cortesía de visitcuba.com.

En el caso de Cuba, quienes vivimos y creamos aquí, dependemos siempre de quien venga de afuera. No hay un mercado del arte nacional institucionalizado serio, ni colecciones privadas que avalen a los artistas, y que compren desde dentro de Cuba. Las únicas notas de prestigio que tenemos es que escriban sobre nosotros, nos tengan en cuenta para proyectos curatoriales, libros. Pero nada más.

El Muro, uno de sus trabajos más recientes, se aleja del estilo que lo ha caracterizado durante mucho tiempo. Por vez primera no presentó fotos de estudio, sino un trabajo documental. ¿Qué inspiró el giro, en cuanto a estética se refiere, que propone con dicha serie?

Cortesía de Red Trillium Press.

El Muro es prácticamente un documento, aunque no se queda en la foto. Fue un paseo por el malecón con un amigo, nos quedamos muchas horas, y de momento aquel lugar empezó a cargarse de personajes. Quedé tan alucinado, que en los meses siguientes regresé con muchos amigos, cámaras, empecé a interactuar en el lugar, hasta hacer el registro fotográfico. Después empecé a interactuar con fotos del muro y con textos.

Así decidí utilizar La Isla en peso, el poema de Virgilio Piñera para acompañar los trípticos. El libro es un homenaje. Hay que tener valor para enfrentarse a la noche y a la ciudad del modo en que ellos lo hacen. Es uno de mis trabajos más especiales y queridos.

¿Por qué recurrió al poema de Virgilio Piñera?

Virgilio Piñera una de las personas que quizás más padeció por tener una obra tan extraña, tan difícil, en un contexto que no fue comprendida. Me asombré mucho hace unos meses, cuando entré a una librería y encontré todos los libros de Virgilio Piñera publicados.

En mi juventud, costaba trabajo hallar un libro suyo, era como un “niño malo” de la literatura. Fue un hombre profundamente irónico y crítico con la realidad que vivía, reflejó aristas no muy felices de su realidad, en un contexto que era el tiempo de un nuevo proceso, de victorias. Me parece que en ese momento fue malinterpretado. Felizmente, las cosas han cambiado, pero él está muerto. Esas cosas las deben disfrutar los intelectuales mientras viven.

¿De qué manera influye en Eduardo Hernández Santos ser un artista cubano, que vive y trabaja en Cuba?

Ser un artista cubano que vive y trabaja en Cuba da una fuerza, una intensidad, diferente al artista que puede reflexionar desde otra parte, porque vives en el lugar donde naciste, en tu contexto, con las contradicciones reales de tu país.

El clima, la historia sobre tu cabeza, la acción de los demás a tu alrededor, los problemas por venir, del pasado o del presente en mente y cuerpo, con la tierra debajo de tus pies, el aire y el agua que nos circunda, maldita circunstancia del agua por todas partes… todo eso te hace distinto, quizás crea un compromiso más radical, o profundo, que quien mira nuestra realidad sin padecerla, sin vivirla. Es una intensidad única.