Eduardo Hernández Santos, Lo que es, lo que no es, y lo que es no siendo, 1999.
Cortesía de The Farber Collection.

Eduardo Hernández Santos es el artista visual cubano que más “agrede» la fotografía. Recorta y mutila los cuerpos para rearmar una nueva corporalidad a sus antojos. El artista juega a ser Dios. Es un creador de Adanes, cuya belleza ofrece al espectador, al tiempo que comparte fragilidad, deseos, dolor, una naturaleza humana plena de conflictos.

Eduardo Hernández Santos, Sin título, 2000, de la serie Fragilidad.
Cortesía de habanaelegante.com.

La influencia del canon grecolatino está presente en su obra: el hombre es aún medida de todas las cosas. Sin embargo, dicho aliento se enriquece con gestos posmodernos, desde la cita, el fotocollage, hasta el ensamblaje de objetos, que al adherirse a la foto casi invitan a tocar la pieza, que no se conforma con ser observada. La cámara, según expresa, no le resulta suficiente como medio para expresarse.

Si tuviera que definir en una palabra a Eduardo Hernández Santos, diría que es un hombre lúcido, cuya sensibilidad artística lo mantiene atento a la realidad que le rodea. Su serie Homo Ludens (1992) presentó por vez primera en Cuba la masculinidad de manera ambigua y sin duda hermosa. Desde entonces su nombre encabeza la vanguardia de artistas cubanos que abordan la tendencia del arte homoerótico.

Eduardo Hernández Santos, La caja de Pandora, de la serie Palabras.
Cortesía de visitcuba.com.

Su formación académica en el Instituto Superior de Arte (ISA) le facilitó las herramientas como pintor y grabador. En cambio, usted apuesta por la fotografía como medio para expresarse. ¿A qué se debe esta elección?

La fotografía tiene un poder de documento, de registro, una seducción incomparable hacia el espectador. De ahí su protagonismo en el arte contemporáneo. Si hubiese dibujado todas mis imágenes, no habrían sido tan poderosas. El hecho de reflejar el desnudo en una foto es lo que hace mi obra tan comunicativa. Los artistas deben ser muy conscientes de los medios que usan y el valor de contenido que estos tienen.

Cuando empecé a hacer fotografía de desnudo, me sentía un poco extraño, mi trabajo era muy diferente al resto. No había un interés tan marcado hacia la fotografía como ocurre hoy. A mediados de los noventa la fotografía empieza a convertirse en moda en el arte contemporáneo. Ahora es imposible excluirla de las ferias de arte.

Incluso, artistas de otros medios la utilizan para expresarse, porque tiene un poder de reflexión muy fuerte. Hoy para los jóvenes es muy común usarla, tiene mucho prestigio. En Cuba, la responsabilidad de elevar la fotografía como arte la tuvimos la generación de los noventa, y no creo que de manera consciente.

El uso que usted da a la fotografía es muy poco tradicional, la recorta, adhiere objetos a la imagen. ¿Cataloga aún su obra como fotográfica?

Parto de un hecho fotográfico real. Lo más interesante es que yo mismo la imprimo, la elaboro. Tengo una implicación muy directa con todo el proceso, desde seleccionar quién posa, hacer la foto, revelarla. Hay una especie de mitología internacional de que la fotografía no se debe tocar, debe imprimirse así, porque se oxida si se le pone pegamento… Entonces nos preguntaríamos como Rauschenberg, Warhol, o tantos otros hicieron un arte bastante especulativo, con objetos, sin pensar en el pegamento.

Eduardo Hernández Santos, de la serie Corpus Fragiles.
Cortesía de visitcuba.com.

Hay todavía muchísimos prejuicios de orden técnico, formal, no solo en Cuba, sino en el mundo. He obviado todos esos prejuicios para hacer mi trabajo. He extendido el límite.

Al parecer, la cámara no le resulta suficiente para expresarse. ¿Por qué la necesidad de recurrir a otros medios?

A veces la fotografía no me parece suficiente. Creo que necesita algo más para enganchar, en un mundo mucho más amplio, y eso es lo que he demostrado con mi trabajo. Un mundo de coordenadas, de mixtura, de técnicas, objetualidad, que tiene el arte contemporáneo.

A veces la fotografía se queda en el documento, en el registro, cuando no interactúa con otros fenómenos. Siento que eso falta en algunos fotógrafos. No obstante, amo cientos de fotografías que en sí mismas son suficientes, por su fuerza, comunicación e inteligencia. Hay un elemento que intento dar en mi obra: la fotografía, como representación de lo real, más lo real en sí mismo. Me parece muy interesante lo que provoca esa combinación.

Eduardo Hernández Santos, de la serie Aproposito los flores.
Cortesía de visitcuba.com.

La alusión a la influencia de los cánones grecolatinos en su obra suele ser recurrente en las apreciaciones críticas. ¿Hasta qué punto siente el vínculo con las concepciones de lo masculino como ideal de belleza, o del hombre como medida de todas las cosas?

Una cosa es lo que la crítica dice de ti, y otra lo que crees de ti mismo. Pueden ser dos cosas diferentes. En mi obra hay una influencia de los cánones clásicos, pero no una conexión rígida con una manera extremadamente tradicional de hacer arte. Me acerco más a una posición de deconstrucción, para luego construir algo distinto.

El arte contemporáneo ofrece márgenes de amplia libertad para la creación, con respecto a sus metas tradicionales. ¿Por qué concibe su discurso y construye la imagen a partir de la deconstrucción previa?

Hay una serie mía donde esa estrategia se nota particularmente, Lo que es, lo que no es, y lo que es no siendo. Es un gran pastiche, con figuras, edificios de Europa interactuando con edificios cubanos, grabados de Durero, elementos de revistas, cosas apropiadas con fotos mías. He observado que siempre estamos tan lejos de Europa, y los cánones occidentales, como tan cerca de todos ellos. Uno camina El Cerro, la calle Monte, y se da cuenta de cuántos eclecticismos, apropiaciones en nuestra arquitectura, del pasado grecolatino.

Detalle de Eduardo Hernández Santos, Lo que es, lo que no es, y lo que es no siendo, 1999.
Cortesía de The Farber Collection.

La arquitectura me interesa como tema. Quise hacer un grupo de obras donde interactuara con los órdenes corintios, dóricos, jónicos, el Art deco, que son interpretaciones de estilos mesopotámicos o medio egipcios. La Habana es un gran pastiche, y me resulta una ciudad muy provocativa e interesante. Además, es la ciudad donde nací y vivo, que amo mucho y observo, vivo en la parte más vieja de ella.

Lo que es, lo que no es, y lo que es no siendo es como que estamos cerca, y estamos lejos, no somos la autenticidad, pero también tenemos parte de un compromiso con ellas. Es algo que está en la esencia misma de nuestra nación.

En Lo que es… construye una ciudad donde todas las figuras humanas aparecen desnudas, como en la mayor parte de su trabajo. ¿El desnudo trasciende la alusión al físico en su obra?

El desnudo implica algo más conceptual o moral. No es gratuito, se ha hecho con toda una intención, y la mayor parte de los elementos están conceptualizados. No soy un fotógrafo que hace obras ligeras. No todos los fotógrafos tienen una formación académica tan larga como la mía, que paralelamente a la creación, soy profesor desde que egresé del ISA. Pienso que en ese sentido soy una suerte de excepción, más mi gusto personal por la investigación, la cultura, el pasado y el presente.

Lo que es, lo que no es, y lo que es no siendo parece una ciudad hipotética o posible, donde todo el mundo está desnudo. Evoca así un espacio de libertad suprema, el ser humano no tiene máscara,  ni tapujos, tampoco doble moral. Puede expresarse libremente con la belleza  de su cuerpo, su identidad, en una ciudad hermosa. Ese hombre desnudo es también la referencia a un pasado, o a un sueño donde vivió etapas de mayor libertad en lo personal, en lo espiritual, en los orígenes del mundo.

Pienso que nuestro cuerpo puede ser una estampa de nuestra alma, también refleja cuestiones de personalidad, de intelecto, contradicciones. No es un signo neutro, está lleno de contenido.

Eduardo Hernández Santos, El cuervo herido, de la serie Palabras.
Cortesía de esel.at.

El trabajo con los modelos de sus obras parece siempre muy bien pensado, no hay un tratamiento frío, es como si comprendiera la psicología o modo de ser de cada persona que retrata. ¿Cómo es ese momento de su obra?

El trabajo con los modelos es muy complejo. No uso cualquier imagen fácilmente. Y trabajo con la misma persona para varias idea, por eso tengo un archivo enorme de figuras humanas a mi disposición. Reviso los negativos, o las pruebas de contacto, y revelo las mejores. Puedo imprimir treinta o cuarenta fotografías, y luego usar la más evocativa. Exijo mucho a los modelos, me gusta conocer la persona, a veces son cercanas, o artistas.

¿Cuál es, entonces, su postura con respecto a los límites entre arte erótico y pornografía?

Es una pregunta muy interesante. Si analizas mi obra, es muy cuidadosa. No creo que ello sea cuestionable, todavía. Debo confesar que en algunos momentos he deseado como artista romper ese prejuicio, ese límite. Pero al final pienso que me la voy a llevar a dormir a la sombra, a casa. Quizás no la pueda exponer, o a nadie le va a interesar. La autocensura siempre se ejerce en un contexto que la ha ejercido antes contigo. Es como un bumerán.

La cuestión erotismo-pornografía es una frontera muy confusa en el arte contemporáneo. No sé cuántos artistas podría citar, la bombardean desde los años sesenta. Siempre se estableció el límite respecto a si se generaba una acción sexual directa, o una visualidad de los genitales que no pasara por lo lírico. Si no había una metáfora muy elaborada, empezaba a cuestionarse si era pornográfico.

El arte se atreve a hablar de las aberraciones humanas, porque su razón de ser es cuestionar, expresar libremente todas las cosas del ser humano. De hecho, ha recogido aspectos escabrosos de la sexualidad. En el mundo ese límite es muy borroso. En Cuba todavía lo establecemos.

Próximo: Censura, obras recientes, y «los conflictos del homoerotismo» en el arte.