Arles del Río, Resaca, 2015
Foto: Cuban Art News

Aunque la 12ma Bienal de La Habana concluyó en el mes de junio, sus ecos aún resuenan en el arte de la isla. El crítico de arte Hamlet Fernández, profesor de la Universidad de La Habana y tres veces ganador del Premio Nacional Guy Cisneros de crítica de arte, enfoca los logros de la Bienal, y sus significados para el arte insular.

El Consejo Nacional de las Artes Plásticas de Cuba (CNAP) ha declarado recientemente que la Decimotercera edición de la Bienal de La Habana, proyectada para el año 2018, se realizará en el mes de noviembre; en vez de coincidir, como era habitual desde hace muchos años, con el inicio de la apoteósica primavera insular. Apoteósica no por la lluvia – que también ha comenzado a escasear en Cuba–, sino por la ola de calor que se posa sobre el caimán a partir del mes de mayo. Ese sopor cuasiobsceno que hemos padecido al desandar la ciudad y el Complejo Militar Morro-Cabaña siguiéndole la pista a muchas bienales, es uno de los factores que más ha atentado contra el pleno goce del evento. Por tal motivo, es digna de celebración tal noticia.

Lástima que la decisión de cambiar la fecha de realización de la Bienal para comienzos del invierno no haya sido tomada en 2014, en el marco de los festejos por el 30 aniversario de su fundación; la Duodécima edición, que terminó por esparcir y atomizar la mega exposición por toda la ciudad, hubiera necesitado más que ninguna otra del favor de los vientos alisios provenientes del nordeste.

Entre la idea y la experiencia

La pasada cita intentó reinventar el “mito de La Habana” con un planteo curatorial arriesgado y ambicioso. Se prescindió del esquema habitual de convocar a los artistas bajo un tema o problemática marco que funcione como eje central o pivote de una curaduría general. Tampoco hubo en esta ocasión una gran exposición colectiva que pudiera ser tomada como el núcleo principal de la muestra oficial del evento. Por tanto, el programa general se desdobló en una larga lista de pequeñas y medianas exposiciones, acciones performáticas, proyectos en proceso, intervenciones artísticas en espacios públicos, en comunidades, en diversas instituciones, charlas, conferencias, y un largo etcétera.

Ese nutrido programa, prestigiado además por la presencia de importantes artistas de renombre internacional, fue sin dudas muy saludable. Ese desborde de la Bienal hacia la ciudad, ese involucrar a otras muchas instituciones culturales, le dio una magnitud expansiva, descentralizada y popular al evento, que no tiene nada que ver en verdad con el modelo hegemónico de las bienales primermundistas. Y esa ha sido desde su fundación la razón de ser teórica, ideológica y ética de la cita de La Habana: ser una alternativa real, creativa y viable, a ese esquema estandarizado y elitista de Bienal.

Ahora bien, no todo es color de rosa. Hay varios aspectos sobre los que debemos reflexionar, porque solo un debate colectivo puede contribuir a proyectar mejores posibilidades de futuro para el suceso más importante de las artes visuales en Cuba.

La Bienal diseminada

En cuanto al programa central, por ejemplo, la sucesión y la simultaneidad de acciones programadas para la primera semana no estuvo pensada para seres humanos de carne y hueso, que solo pueden estar en un lugar físico a la vez. Esos días iniciales fueron un verdadero delirio. Se hacía difícil evadir la sensación de impotencia y de angustia por no poder asistir a todos los shows de inauguración, sobre todo de acciones efímeras como los performances.

La presentación de Cada sonido es una forma del tiempo, un proyecto para concierto sonoro con partituras de Glenda León, interpretadas al piano por Aldo López Gavilán, en la 12ma Bienal de la Habana.
Cortesía de Glenda León

Varios proyectos tuvieron como su principal atractivo ese tipo acciones interactivas y performáticas, de manera que más allá de los días señalados carecían de relevancia expositiva, o simplemente no existían como exposición, sino como proyectos itinerantes, intervenciones puntuales de un artista en un espacio público, entre otras variantes. La cantidad de estas pequeñas acciones era tan abultada en el programa, que provocaba fatiga el solo hecho de recorrerlas con la mirada.

Otro aspecto crucial, una intervención como la realizada en Casablanca, por motivos de costos de producción, seguridad, etc., no pudo resistir en su planteo íntegro inicial todo el mes del evento. Las exposiciones colectivas en instituciones icónicas como el Centro Wifredo Lam, o el Pabellón Cuba, dejaron mucho que desear. Parecía imposible encontrarle alguna lógica o coherencia curatorial a estos dos casos, los más críticos, pienso, de todas las muestras que se realizaron en espacios expositivos o instituciones.

Pez Peo / Fartfish, 2015, la instalación de Lázaro Saavedra presentado en el Centro Wifredo Lam durante la 12ma Bienal.
Foto: Cuban Art News

En el Centro Lam la desigualdad entre la calidad de las obras era notable, la calidad media bastante baja, y cada sala parecía estar desconectada del resto de lo expuesto. Mientras, en el Pabellón la museografía nos hacía deambular en un mar de ambigüedad, o mejor, el espacio era un mar, caótico y revuelto, y las obras especies de pequeñas barcas, algunas tan endebles e inconsistentes que se hacía hasta riesgoso abordarlas para intentar salvarnos del naufragio.

Una vista de la exposición Entre, Dentro, Fuera, presentado en el Pabellón Cuba durante la 12ma Bienal.
Foto: Cuban Art News

Due to this imbalance in ephemeral, simultaneous, and scattered actions throughout the city, and the curatorial inconsistency of some of the exhibitions at major venues, the collateral programs of contemporary Cuban art ended up winning a significant role. This prompted confusion in the general public, and a tendency to assume that these collateral programs were the Biennial itself—a phenomenon that had been recurring for several previous editions.

Producto de ese desequilibrio entre acciones efímeras, simultáneas y dispersas por toda la ciudad, y la inconsistencia curatorial de algunas de las exposiciones en sedes importantes, el programa colateral de arte cubano contemporáneo termina ganando un protagonismo que hace que el público más general lo confunda o lo asuma como la Bienal en sí. Un fenómeno que viene ocurriendo desde varias ediciones anteriores. Paradójico dilema, el rico contexto cultural que genera la Bienal favorece la visibilidad del arte cubano, al tiempo que este le hace sombra al programa oficial.

Detrás del muro

El ejemplo más sobresaliente en este sentido, desde las dos últimas ediciones, lo es el proyecto Detrás del Muro. Si unas de las premisas fundamentales del diseño curatorial de la Duodécima Bienal de La Habana consistió en estimular y favorecer proyectos en los que la acción de los artistas se inserte de manera orgánica en micro espacios urbanos, para que el arte pueda irrumpir de manera más directa en la vida cotidiana de la gente, aunque sea por un corto período de tiempo; entonces la segunda edición de la gran intervención del malecón habanero comandada por Juan Delgado, cumplió a cabalidad con tal cometido.

Una vista del Malecón durante la apertura de Detrás del muro en la 12ma Bienal.
Foto: EFE, cortesía de telesurtv.net

Aun así, Detrás del Muro no fue invitado a formar parte de la Muestra Oficial del evento.

Volvió a entrar como un proyecto colateral, por más que desde su primera edición en la pasada Bienal, la popular muestra del malecón se robara el show, como se dice en buen cubano. En esta segunda edición el éxito de público fue el mismo. Había que caminar el tramo de malecón que se extiende desde la Fortaleza la Punta, hasta las cercanías con el Hospital Hermanos Amejeiras, para apreciar el disfrute desprejuiciado, espontáneo, creativo, alegre, que tiene la gente en su contacto con las intervenciones de carácter escultórico, instalativo, pictórico o arquitectónico.

Juan Delgado amplió la participación en esta ocasión a creadores extranjeros también, de manera que la nómina de artistas resultaba heterogénea en todos los sentidos. Artistas cubanos que residen en el país, jóvenes, no tan jóvenes, y algunos consagrados. Artistas cubanos que desde hace muchos años viven en otros lares. Y artistas extranjeros, de Europa, África y el Caribe en lo fundamental. Heterogeneidad que generó una pintoresca convergencia de propuestas estéticas. Por supuesto, no todos los proyectos tuvieron la misma calidad, ni la misma aceptación.

Las ruinas de El vacío, 2015, de Glexis Novoa, con dibujos en las dos columnas al centro.
Foto: Cuban Art News

Destaco como la de mayor fineza conceptual la galería de dibujos de Glexis Novoa, una especie de museo en miniatura de la ampulosa iconografía soviética, camuflajeado en el interior de una ruina. Un rico contraste de sentidos, que nos aislaba en una experiencia perceptual heterótopica. En cuanto a rating de popularidad, por supuesto, la playita (Resaca) de Arlés del Río no tuvo competencia.

Arles del Río, Resaca, 2015
Foto: Cuban Art News

Ninguna otra zona de La Habana favorece una interacción tan rica con la gente de a pie que el Malecón. Con acciones como ésta el pueblo goza, disfruta, se hace preguntas, tiene otra experiencia estética del espacio. Ese es el verdadero y más importante espectáculo. La espontaneidad con que las personas se pueden relacionar con el arte, incluso sin estar conscientes de que lo están haciendo.

La Bienal de La Habana ha tenido entonces en el Malecón a una excelente vitrina de lo que ha sido conceptualizado como su principal intención curatorial: desplazar las acciones u objetos artísticos más allá de los espacios tradicionales del arte, implicando a la arquitectura de la ciudad, el diseño, la interacción y comunicación directa con el público, favoreciendo así la inserción real del arte en la sociedad.

Próximo: Artistas extranjeros en la 12ma Bienal de La Habana, y una mirada hacia el futuro.