Iván Cañas,»El viejo almacén», 1969.
Cortesía de Photography-Cuba.

Este sábado, el 18 de enero, la Cuban American Phototheque Foundation en Miamiinaugura Iván Cañas: Una Retrospectiva, muestra de obras históricas del renombrado fotoperiodista cubano. Para celebrar la ocasión, presentamos un ensayo escrito por Grethel Morell, investigadora y curadora de fotografía cubana, y el curador Abelardo Mena, acerca de uno de los proyectos medulares de Iván Cañas: el fotolibro El cubano se ofrece.

I. Caibarién, 1969.

En Cuba, el año 1969 había sido bautizado como el “Año del Esfuerzo Decisivo”. Era la etapa final de la “Zafra de los Diez Millones”: la más productiva cosecha de caña de azúcar en toda la historia según los planes trazados por la dirección política del país. Sus ganancias lanzarían la isla hacia la órbita del mundo desarrollado en una prueba de fuego para la economía y la capacidad política cubana.

Al llamado de Fidel y repitiendo el slogan “¡Los Diez Millones Van!”, cubanos y cubanas se sumergieron en la atmósfera húmeda de los cañaverales. Las frías noches y madrugadas se alumbraban con lámparas rústicas de queroseno, para no detener el corte de los legendarios machetes. Los descansos eran breves, la comida (“carne rusa” de lata, viandas y frijoles) era consumida con apuro al pie del surco y los cuerpos caían rendidos por el sueño sobre hamacas confeccionadas con saco de yute. En ese año, uno de los mayores méritos era alcanzar el título de obrero calificado y obtener un empleo fijo. La utopía y el voluntarismo moral de los cubanos hicieron la proeza.

Para algunos periodistas cubanos, 1969 fue “el año más largo”; para los meteorólogos marcó un notable record de bajas temperaturas. Las ciudades subsistían quietas: los bares y cabarets permanecían cerrados desde marzo de 1968 por la “Ofensiva Revolucionaria”, y las Navidades, vacaciones o los festejos del 31 de diciembre transcurrieron en los cortes de caña. La zafra era el frente de guerra: todas las demás actividades productivas fueron congeladas.

Hacia al pueblo de Caibarién, a 305 kms de La Habana, en el Norte de la provincia de Las Villas, viaja Iván Cañas, joven fotorreportero de la revista Cuba Internacional, fundada en 1962. Le acompañan una cámara Leica M-2 con lente Sumicron 35 MM, y el periodista Félix Contreras. Debían documentar –en medio de la enardecida zafra– las condiciones de aquel pueblo fabril, cañero, pesquero, agrícola y otrora, industrial. “Me llamó la atención la atmósfera de ese pueblo” -confiesa Iván- “deseaba testimoniar algo que tuviera ciertos límites, es decir, un pueblo, una ciudad, una etapa, y que al mismo tiempo reflejara, por supuesto, la personalidad de nosotros mismos, los cubanos…”

Iván Cañas, «Homenaje», 1969.
Cortesía de Photography-Cuba.

En Febrero de 1970, la revista Cuba publicaba el reportaje de Cañas y Contreras bajo el título “Caibarién”. A la manera de ensayo visual, la publicación buscaba integrar el entusiasta texto de Contreras con las ocho imágenes de Cañas, reproducidas a página completa. Adustas, en blanco y negro, enfocaban ambientes y sujetos “espontáneos”, concentrados más en sus actitudes individuales, que en las proyecciones del discurso oficialista. Pese a la franca relación con los personajes y las poses, no había en ellos el derroche de sonrisas frecuente en la prensa oficial, sino más bien una tensión contenida.

Nacía una fotografía de raíz neorrealista, alejada tanto de las concentraciones populares en La Plaza de la Revolución, las heroicas marchas y los retratos de los carismáticos líderes verdeolivos (temas de las imágenes “épicas” de Korda, Salas, Corrales, Fernández, Mayito, Noval, muchas publicadas en el diario “Revolución”), como de la literatura “de los años duros” escrita en los 60 por Heras León, Fuentes, Jesús Díaz.

Pero las imágenes publicadas eran apenas la punta del iceberg. Desde La Habana, a bordo de viejos ómnibus, Cañas retornó a Caibarién cuatro veces por su cuenta ese año. Portaba entonces una cámara Exacta, fabricada en Alemania Democrática (RDA) y con lente de 21 MM, para registrar el ambiente cotidiano de un pueblo que -como el Macondo de García Márquez (1967)- parecía flotar sobre la Historia.

Iván Cañas, «Estación de trenes», 1969.
Cortesía de Photography-Cuba.

Con más de 200 impresiones de tamaño 4×6 pulgadas, e incontables pruebas de contactos, Iván acudió al consejo vanguardista de Raúl Martínez (Ciego de Ávila 1927-La Habana 1995), el más importante pintor pop cubano, diseñador de libros, vallas y maestro de generaciones. Surgía así el proyecto inicial de “El Cubano se Ofrece”, un libro-manifiesto de la generación fotodocumental de los setenta. En las imágenes seleccionadas por Iván y Raúl los cubanos se mostraban sin timidez ante la cámara, siempre de frente: se entregaban al lente casi por condición natural.

Con influencia abierta de Robert Frank y la mejor fotografía documental norteamericana, habían organizado uno de los primeros libros de autor de la fotografía cubana. Martínez propuso la maqueta del libro a la dirección del Instituto Cubano del Libro. A la entusiasta recepción inicial siguió el rechazo: la propuesta de ensayo visual ofrecía -para sus censores- una visión “pesimista, nostálgica, derrotista” de los cubanos.

En agosto de 1970, frente a las cámaras y el pueblo, Fidel reconocía el fracaso de la gran zafra, lanzaba la consigna “Convertir el revés en Victoria”, e invitaba a los cubanos a un carnaval aún inolvidable. En las imágenes, sin embargo, no se permitía ni un asomo de ambigüedad. El proyecto “El Cubano…” permanecería engavetado por más de una década.

El año 1981 fue un período venturoso, definitorio para el arte cubano. El concepto introducido diez años atrás por el I Congreso de Educación y Cultura: “El Arte, un arma de la Revolución”, era aún utilizado con frecuencia por funcionarios de extrema ortodoxia. Pero una exposición celebrada ese año: “Volumen Uno”, sacudiría la institución arte en la Isla para fundar las bases del “nuevo arte cubano”, inquieto, irreverente, experimental.

En ese mismo año, Iván inauguraba en Galería L, espacio expositivo de la Universidad de La Habana, la muestra “El Cubano se ofrece”, con una selección de las imágenes tomadas en Caibarién. Fue su amigo, el escritor cubano Reynaldo González, quien hizo las palabras de presentación. Y un año después (1982), la editorial Ediciones Unión –perteneciente a la UNEAC– publicó finalmente “El Cubano…” bajo la colección Cuadernos de Fotografía. Con diseño de Raúl Martínez y Héctor Villaverde, el prólogo corrió a cargo de Reynaldo, testigo y víctima de una de las etapas más oscuras de la cultura cubana.

Iván Cañas, «Carros funebres», 1969.
Cortesía de Photography-Cuba.

Las imágenes no seguían fielmente la concepción del libro de 1969, con su realismo abierto, la pose franca, de una apreciación descarnada del cubano aferrado a sus tradiciones, a su cotidianidad densa y esforzada, y con una sonrisa ¿amarga? presta a florecer en el rostro. Sin embargo, la inclusión de una mirada más “alegre”, optimista, con imágenes también tomadas por Cañas en otros momentos, facilitó la publicación negada años atrás y otorgaba al ensayo un balance narrativo, aunque más profuso, ambiguo y dilatado que su propósito original.

Los fotogramas añadidos de obreros, campesinos, mujeres, niños, gente de pueblo; de fábricas de La Habana, de marchas conmemorativas en Matanzas, de trabajos voluntarios en Santa Clara, de risueños cortadores de caña, de veteranos de guerra exhibiendo sus medallas… mostraban una Cuba más light, jubilosa, menos dura. La nueva edición enfatizaba el hilo narrativo de las imágenes, abría con la representación de la muerte y cerraba con la vida.

II. La Habana, 2013.

El libro “El Cubano se Ofrece” es un ejemplar que solo se encuentra a través de Internet. Nunca ha sido reeditado en Cuba o en el mundo. Y con una única excepción (Morell 2008), las investigaciones más recientes de la imagen cubana no mencionan este empeño, como si perteneciese a una Cuba a la que nadie, en la Isla o fuera de ella, quisiera recordar.

Por ello, cuando los curadores de Photography-Cuba producen la exposición “La Mirada Perdida, Cuba 1970-1984”, que incluye esta serie como parte de la desconocida u olvidada fotografía documental de la etapa, pensaron en un acto que re-descubriese el significado de “El Cubano…” en la tradición fotográfica de la Isla. De ahí surge la idea de editar un portfolio con imágenes de Iván (con su decisiva y generosa participación) en torno al Caibarién de entonces, que ya es historia.

Iván Cañas, «La Clase obrera», 1969.
Cortesía de Photography-Cuba.

Las seis imágenes seleccionadas expresan, además del incuestionable valor testimonial, una actitud de época, una manera de ser del cubano atrapada con una intención plástica–compositiva original, deudora de la mejor foto documental en blanco y negro. “La clase obrera” es la más conocida del autor, casi un icono de la representación del obrero: con su ligero movido de foco fue publicada a página completa en el reportaje de la revista Cuba Internacional (Febrero 1970), fue la portada del catálogo de la muestra (1981), del libro de 1982, y fue citada en los créditos de un filme del afamado cineasta francés Chris Marker.

“Homenaje”, una de sus imágenes más bellas y espontáneas, aparece por vez primera en la revista Cuba Internacional (1969), fue impresa a página volada en la contraportada del libro y es la imagen que lo cierra. “Terminal de trenes”, otra de sus más significativas obras, fue también publicada en el reportaje de Febrero de 1970, a página completa, e incluida en el libro de 1982.

El fotograma “Obreros” fue tomado en 1977 en la fábrica Cubana de Acero, La Habana, para un reportaje publicado en Cuba Internacional, y aunque capta al obrero en su entorno de trabajo, con aliento realista y mirada frontal a la cámara, no fue incluida en el libro. Los editores del portfolio la devuelven así a su lugar y sentido histórico.

Iván Cañas, «Obreros», 1969.
Cortesía de Photography-Cuba.
“Carros fúnebres” es una de las obras más sólidas visualmente del extenso archivo de Iván, donde conjuga el agudo uso de la iluminación en ambiente con un fino sentido del humor. Fue tomada en Caibarién, en el año 69, y ocupó sitio en las primeras páginas del libro. “Viejo almacén” registra una factoría desvencijada con el nombre del poblado en su cima. Es una simbólica nota gráfica sobre Caibarién y su gente, próspero pueblo de mercados, pescadores, susurrantes cañaverales, locomotoras de vapor e industrias que hoy permanece bajo la sombra de vencidas glorias.
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Grethel Morell Otero (Camagüey, Cuba 1977) Historiadora de la fotografía cubana, curadora y crítica de arte. Ha escrito extensamente sobre temas como el cuerpo, el desnudo y el erotismo en la fotografía cubana; la mujer en la foto cubana del siglo XIX, y la tendencia documental de los años 70. Fundadora de Photography-Cuba, co-curadora de la exhibición La Mirada Perdida, Cuba 1970-1984. Miembro de la UNEAC y la Asociación Internacional de Críticos de arte (AICA).
Abelardo G Mena Chicuri (La Habana 1962) Trabajó durante veinte años en el Museo Nacional de Bellas Artes en La Habana antes de convertirse en curador independiente y consultante de arte. Curador de la colección Farber, una colección privada de arte cubano, radicada en EEUU, y fundador de Photography-Cuba, un proyecto dedicado a promover la fotografía cubana. Es editor de Cuban Art News en La Habana, y autor del libro Cuba Avant-Garde (2007). Miembro de la UNEAC y la Asociación Internacional de Críticos de arte (AICA).