Árles del Río, Sín titulo (2012), de la serie Esperando que caigan las cosas del cielo o Deporte nacional.
Cortesía de la colección privada de Shelley y Donald Rubin

Tal vez ninguna de las exposiciones nuevas de las que hablamos en el “Reporte” más reciente evoque tan claramente el verano norteamericano como Robando base: Cuba al bate, que se exhibe en la Galería 8th Floor de Manhattan. Co-curada  por Raquel Weingeist y Orlando Hernández, la exposición aborda el tema del béisbol y su espacio en la cultura cubana a través de obras de 20 artistas cubanos contemporáneos, algunos de los cuales hasta ahora no se habían  presentado en Nueva York. La muestra abrirá sus puertas hasta el 6 de septiembre y durante todo el verano la Galería 8th Floor acogerá una serie de eventos y proyecciones de películas para celebrar el béisbol y la cultura cubana.

Soy la persona menos indicada para escribir este texto. No soy un conocedor, ni un aficionado y mucho menos un fanático del béisbol. Para ser un cubano, mis relaciones con el llamado “deporte nacional” (aunque el dominó o la “bolita” también pudieran reclamar dicho título) han sido escasas y  bastante atípicas. Quizás mi vínculo más llamativo es mi condición de tocayo de una de las estrellas mundiales del béisbol: el famoso pitcher cubano Orlando “El Duque” Hernández. Pero más que alegrarme, o vanagloriarme, confieso que esta coincidencia incluso me incomoda, pues cada vez que extiendo mi mano y digo mi nombre, sobre todo en determinados ambientes populares, debo soportar con sonrisa fingida que alguien me haga la misma observación: “Ah, ¿Orlando Hernández, como El Duque?”. Sin mencionar una segunda consecuencia negativa: la celebridad de su nombre ha hecho que el mío (exactamente el mismo) se vea drásticamente relegado en cualquier búsqueda de Google y sólo aparezca si uno agrega identificadores suplementarios como “arte cubano” o “crítico de arte”.

Pero mi incompetencia para escribir este texto sobre arte y béisbol  no se halla basada en mi posible rencor por la fama de un ex-pelotero cubano que comparte mi nombre (o yo el suyo), sino que tiene que ver con otros hechos que pudieran resultar alarmantes: Siendo habanero (o al menos habiendo vivido en La Habana desde hace unos 40 años), no sufro ni me disgusto cuando Industriales pierde un juego o una Serie Nacional, ya que nunca he “pertenecido” a  Industriales ni a ningún otro equipo en particular, sino, en última instancia, al Equipo Cuba, o al béisbol cubano.

. . . Me alegra, por ejemplo, contemplar cómo se eleva un fly y se convierte en jonrón, cualquiera que haya sido su procedencia, el color del equipo o la bandera del país que conectó el batazo. Me alegra ver que la bola ha logrado saltar sobre la cerca, sobre el muro, evadiendo los guantes alzados, esos que ha colocado frente a nuestros ojos y nuestra conciencia el artista Arles del Río para desenmascarar (un poco “descarnadamente” en el caso de sus esculturas) la avidez o la indolencia con que a veces esperamos  que las cosas nos caigan del cielo (un “cielo” que en nuestro caso antes se llamó Unión Soviética y que hoy puede llamarse Miami o Venezuela).

Frank Martínez, Otra manera de superar los límites (Another Way to Overcome Limits), 2011
Cortesía de la colección privada de Shelley y Donald Rubin

. . . Por mi parte, aplaudo el jonrón puro, absoluto, porque a mi juicio representa el espíritu incontrolable de la libertad, la exaltación de esa energía con que podemos superar todos los encierros, las opresiones, dejar atrás todas las fronteras, y transportarnos más allá del aquí y el ahora. Esa es sin duda la idea que ha representado –recurriendo a imágenes provenientes del archivo histórico– el artista Frank Martínez en su cuadro “Otra manera de superar los límites”.

. . . Sin duda alguna, el béisbol resulta ser un gran generador de sentidos, de significados, y puede (y debe) utilizarse como una gran metáfora para expresar o entender no sólo el arte sino la realidad en que vivimos. En mi caso, mi reducido conocimiento sobre este deporte puede constituir un gran obstáculo para descubrir esos significados, lo cual me obliga a ir poco a poco, tanteando, “robando bases”, hasta alcanzar el todavía invisible y quizás inalcanzable “home” de este sencillo texto. Porque en honor a la verdad, con mi conocimiento no podría sostener ni cinco minutos de discusión si por casualidad se me ocurriera intervenir en el más prestigioso foro sobre pelota que existe en La Habana, conocido como “La Esquina Caliente.”

. . . Y pensándolo bien, quizás lo más notorio (y lo más meritorio) de ese foro no sea precisamente el debate sobre el juego de pelota, sino el ejercicio de la libertad de expresión que ese debate representa, ya que probablemente esta “Esquina caliente”  constituye el espacio de diálogo más abierto y polémico de toda la ciudad, y el de composición social más heterogénea, pues en él participan, sin necesidad de ser elegidos, lo mismo ingenieros, médicos, obreros, oficinistas, profesores, ex-peloteros, que delincuentes, funcionarios o desempleados, que con el beisbol como tema, como  pretexto, pueden disfrutar libremente de la confrontación más acalorada de opiniones diversas, encontradas, a menudo opuestas por el vértice. ¿Es acaso el propio juego de pelota y el posterior análisis de sus jugadas, de sus estrategias, de sus estadísticas, una pequeña válvula de escape? No lo sé. Probablemente.

Reynerio Tamayo, El Cuarto Bate, 2013
Cortesía de la colección privada de Shelley y Donald Rubin

. . . Se habla del béisbol como de un elemento de super-cubanía (y aquí volvemos a remover el viejo asunto de los símbolos de nuestra nacionalidad), pero en verdad su reflejo en las artes visuales ha sido muy escaso, muy discreto. Me rompo la cabeza buscando ejemplos, y fuera de las obras recientes que aquí se exponen,  en realidad sólo sobresalen dos obras, ambas verdaderamente cruciales: el famoso y controvertido cuadro de Antonia Eiríz titulado La muerte en pelota, 1966, y la también famosa acción o performance llamada La plástica cubana se dedica al béisbol (en lo adelante simplemente El Juego de pelota), protagonizado por artistas y críticos de arte en septiembre de 1989. Significativamente, ambas obras se hallan estrechamente relacionadas no con el comienzo de una Serie Nacional, o con los Juegos Panamericanos, sino con el desagradable fenómeno de la censura, es decir, ambas fueron, de una u otra manera, respuestas cívicas de los artistas a la intolerancia de las instituciones oficiales cubanas con relación a la libertad de expresión. En el caso de Antonia, obras como La muerte en pelota, 1966, El dueño de los caballitos, 1965 o Una Tribuna para la paz democrática,1968, que hoy se exhiben con pasmosa naturalidad en el Museo Nacional (sin que los guías expliquen su verdadera historia), recibieron en su momento el dictamen oficial de ser obras conflictivas, demasiado pesimistas o de no reflejar el espíritu triunfalista que se esperaba de un artista revolucionario, lo cual hicieron que la artista tomara la decisión de abandonar la pintura, de colgar los guantes y dedicarse a hacer papier maché con los vecinos de su barrio en Juanelo. Y estuvo sin pintar durante 25 años, desde el 68 hasta el 93 aproximadamente, es decir, casi toda su vida.

En el caso de los artistas del 89, el malestar fue colectivo, pues además de las censuras individuales, comenzaron a cerrarse espacios públicos para la exhibición del arte de vanguardia, como el proyecto Castillo de la Fuerza, que hasta entonces apoyaba a los jóvenes. Los artistas decidieron que si no podían seguir haciendo el arte a su manera, con las cortapisas del Estado, pues entonces se dedicarían a otra cosa, es decir, a jugar pelota. No se trataba de una broma (aunque el humor no ha estado nunca ausente en las actitudes de contesta realizadas por muchos de ellos), y muy pronto se supo que las decisiones erróneas que provocaron aquella especie de huelga creativa iban a tener consecuencias nefastas. Casi de inmediato comenzó el enorme éxodo de artistas hacia México, Estados Unidos, España, Venezuela, etc.  De manera que además de obras de arte, tanto las grandes pinturas y collages  de Antonia de esos años 60, como El Juego de pelota del 89, deben ser vistas y entendidas como dos hitos socioculturales de gran  envergadura dentro de la historia del arte cubano. Sobre la obra La muerte en pelota es sumamente alentador encontrar una investigación artística tan rigurosa y atractiva como la realizada por José Angel Toirac con su obra “La muerte en pelotas” (es decir, la muerte al desnudo), la cual, además de constituir un merecido homenaje a la mordacidad de Antonia, ofrece nuevas posibilidades de lectura de su impresionante obra. La investigación de Toirac ha develado la identidad del bateador, anteriormente una figura fantasmal, anónima, gracias al hallazgo de la fotografía de prensa que Antonia Eiriz utilizó como modelo.

Sacando cuentas, es curioso comprobar que entre La muerte en pelota, 1966  y El juego de pelota, 1989 existe un lapso de  23 años, y que ése es aproximadamente el mismo intervalo de tiempo  (24 años) que ha transcurrido hasta las dos exposiciones actuales (2013) donde el béisbol ha sido el motivo temático central: la exposición Clásicos del béisbol, celebrado en la galería del Centro Cultural Cinematográfico ICAIC, y ésta que hoy se presenta en The 8th Floor de New York: Robando base: Cuba al bate.

Reynerio Tamayo, Fanático, 2013
Cortesía de Reynerio Tamayo

¿Existe algún elemento en estas dos últimas muestras del 2013 que nos permita compararlas con aquellas otras de hace 47 y 24 años respectivamente? ¿Son acaso respuestas cívicas de los artistas a situaciones de incomprensión oficial, de represión, de censura? ¿O sólo reflejan de una nueva manera, más comedida, más moderada, y con una visión más práctica, menos dramática,  más “cool” el mismo malestar o inconformidad crónica que siempre ha estado latente y a la que quizás nos hemos ido acostumbrando hasta el punto de provocarnos risa, y hasta de poder sacarle algún provecho? De cualquier forma, creo que podamos decir que la pelota ha jugado dentro del arte cubano un meritorio rol de acompañante activo de ese espíritu impugnador, crítico, revolucionario que los artistas cubanos han esgrimido casi de forma permanente frente a los actos de dogmatismo, de intolerancia oficial, de censura. Gracias a eso es que podemos darnos cuenta que el juego aún no ha terminado.