Vista de la expocisión Cachita: The infinite lightness of being en la Galería Saladrigas del Ignatian Center for the Arts, Miami
Cortesía de Janet Batet

Janet Batet, crítica y curadora independiente de arte organizó recientemente en Miami la exhibición “Cachita, La Infinita Levedad del Ser”, un homenaje a la Virgen de la Caridad del Cobre vista por artistas cubanos residentes fuera de la isla. Ella compartió con Rafael DíazCasas sus conceptos de la muestra (para imágenes adicionales, visite Cuban Art News en Facebook).

En “Cachita, La Infinita Levedad del Ser”, invitaste a un grupo diverso de artistas de diversas generaciones. Todos cubanos de nacimiento y residentes fuera de la isla.¿Cuál fue tu intención? ¿Fue consciente la decisión de no invitar artistas residentes en la isla?

Cachita fue una exposición comisionada. El Colegio de Belén deseaba celebrar el 400 aniversario de la aparición de la Virgen en la Bahía de Nipe, y el tema funcionaba para mí. Intenté inicialmente un proyecto más ambicioso, una visión más abarcadora sobre la larga tradición de reflejar la Virgen en el arte de Cuba. Quise ser más inclusiva, y tenía en mente varios artistas residentes en la isla que han creado obras sólidas sobre el tema. Pero la institución estaba sólo interesada en artistas cubanos no residentes en Cuba.

El pasado año, Dennys Castellano y Segio Fontanella exhibieron un proyecto semejante en el Convento de San Francisco de Asís, en La Habana. En un futuro cercano, sería bueno poder unir fuerzas y mostrar todos los artistas en una muestra conjunta bajo el manto de la Virgen.

En la exposición, las representaciones de la Virgen parecen desafiar los estereotipos que aún están vigentes entre los cubanos.¿Fue tu intención mostrar relecturas y nuevas representaciones de la Virgen?

Desde inicios de los años 90 he estado interesada en el uso de iconos religiosos en en el arte en Cuba, como mostré en la Habana en 1995 en la exposición Iluminaciones, co-curada con Liana Ríos. Fue un reexamen del uso y apropiación de los símbolos, en su mayoría católicos, entre los artistas cubanos emergentes. La atmósfera de la Habana, en ese momento, estaba muy cargada, y los artistas expresaban discursos alegóricos complejos, a través de estos símbolos.

José Bedia, Letra mala en la consulta, 2013
Cortesía de Janet Batet

Al igual que en el período colonial, los creadores adicionaban nuevos contenidos a las imágenes sagradas, como un acto de cimarronaje que continuaba los complejos y sucesivos procesos de transculturación. Ellos colocaban tras las imágenes sus propias visiones de la sociedad. Fue un proceso de aprendizaje muy interesante, de algún modo presente en La Infinita Levedad del Ser. No quería incluir meras referencias formales a la Virgen, más allá de las visiones tradicionales, sino presentar todos los posibles significados asociados al icono, enfocar los ángulos posibles existentes en la identidad cubana. Quería alcanzar, tocar, esa conexión íntima con la fé, desde varias perspectivas.

Eduardo Michaelsen, La Virgen de la Caridad, 1986
Cortesía de Janet Batet

Entre las obras expuestas, tenemos piezas que se relacionan explícitamente con tópicos sincréticos, como «Mala letra en la consulta», por José Bedia. Otras se enfocan en temas migratorios, como «Altar del mar» por Ángel Vapor, o «La Virgen de la Caridad», por Eduardo Michaelsen, quién arribó durante el éxodo del Mariel, en 1980. En la instalación de video “La luz permanente”, de Glexis Novoa, estamos situados dentro de una casa cubana. La opresión del espacio cerrado es acentuado por las franjas de luz que aparecen intermitentes como única salida y simbolizan esperanza y cambio.

“Protégenos del mercado del arte”, por Rubén Torres Llorca, es una aguda pieza sobre los vaivenes y tentaciones de una sociedad consumista que nos dicta sueños y expectativas, y en última instancia nos aleja de la fe y las genuinas aspiraciones. La obra de Carlos Caballero hace referencia a las identidades desplazadas, y las consecuencias de la doble moral.

A Rodolfo Peraza le interesa deconstruir los mecanismos de vigilancia y control ideológico mientras cuestiona la soledad y la alienación producida por los medios masivos de comunicación. Él aborda temas de la fe y la ideología en “Yo no juego dominó”, donde las fichas de dominó son reemplazadas por iconos ideológicos cubanos, y los jugadores deben asignarles valores numéricos para poder jugar. El juego se convierte en un retrato de la identidad cubana actual.

Rubén Torres Llorca, Protégenos del mercado de arte, 2012
Cortesía de Janet Batet

En su propuesta curatorial, mencionas que la Virgen de la Caridad corporiza la identidad cubana. ¿Cómo crees ha evolucionado esa identidad entre la comunidad exiliada en Miami? ¿Has notado algún cambio en la manera en que los cubanos se relacionan con la Virgen en este país?

La identidad cubana ha evolucionado en la comunidad exiliada en Miami como en la isla y a través del mundo. La diáspora cubana es actualmente uno de los rasgos definitorios de esta identidad, marcada por la condición de doble de exilio y aislamiento en cualquiera de los lados de la barrera de contención. Una vez que emigras, tu identidad cambia, se redefine y expande, adquiriendo valores poliédricos.

La comunidad exiliada de Miami ha sido alimentada por oleadas migratorias sucesivas. La composición étnica y de clase de cada una ha sido distinta. La primera oleada, en 1959, era mayormente de personas blancas y de clase alta, para ellos «Cuba no era un punto de salida sino un marco constante de referencia» como afirma Gustavo Pérez Firmat en «Life on the Hyphen: The Cuban-American way» (Cambridge University Press, 1989, p. 158.). Durante los «vuelos de la libertad» vinieron más mujeres y personas mayores porque a los hombres en edad militar se les negaba el permiso para salir de Cuba. Las comunidades chinas y judias comenzaron a llegar a mediados de los 60, y números significativos de negros y mulatos arribaron en 1980 durante el éxodo del Mariel.

Rudolfo Peraza, Yo no juego domino, 2010
Cortesía de Janet Batet

Estas oleadas sucesivas de migración han implicado tensiones así como relaciones de beneficio recíproco entre generaciones y grupos sociales, que han remodelado en Miami la identidad cubana. Aún cuando subsisten diferencias cruciales entre estos grupos, existe un sustrato cultural único que deviene espacio común de la identidad. La Virgen de la Caridad, personaje esencial en los procesos sucesivos de transculturación, es un icono innegable y símbolo de consenso por encima de las diferencias políticas, sociales y raciales. Ha sido adoptada por los emigrantes como protección para la difícil transición y luego como depositaria de la identidad cubana que sobrevive a la travesía.

Recientemente, visité la muestra con un buen amigo y artista que llegó a Miami en los 60. Hablamos de las diversas generaciones del exilio que han moldeado la comunidad cubana, como han cambiado las mentalidades y cuan apasionados e intransigentes son los cubanos cuando hablan de su identidad e historia reciente. Antes de salir de la exposición, mi amigo me expresó una frase sentenciosa cargada de choteo: «Soy cubano, pero no practicante».

“Cachita: La infinita levedad del ser” fue exhibida desde el 26 de Febrero al 26 de Marzo en la Olga M. y Carlos Saladrigas Gallery, del Ignatian Center for the Arts. Belen Jesuit Preparatory School of Miami.

La muestra incluyó obras de José Bedia, César Beltrán, Carlos Caballero, Ariel Cabrera, Margarita Cano, Consuelo Castañeda, Tomás Esson, Ahmed Gómez, Ismael Gómez Peralta, Glexis Novoa, Carlos Rodriguez Cárdenas, Eduardo Michaelsen, Ángel R. Vapor, Ciro Quintana, Rodolfo Peraza, Leandro Soto, Tomás Sánchez y Rubén Torres Llorca.

Para imágenes adicionales, visite Cuban Art News en Facebook. Bajo, el video «La luz permanente» (2009) de Glexis Novoa, incluyendo en la exposición.