Julio López Berestein, Retrato de Amelia Peláez.
Cortesía de Isachi Durruthy Peñalver.

Julio López Berestein (La Habana 1917-1968) es un enigma para los historiadores del arte de la Mayor de las Antillas. Nada sabemos acerca de su formación como fotógrafo. Su trágica muerte en prisión, la disgregación y la pérdida de buena parte de su colección personal y las exiguas referencias bibliográficas sobre su trayectoria profesional han construido un personaje esotérico, a la manera de la mejor tradición teatral. Lo cierto es que, cuando en 1944 el crítico José Gómez Sicre lo convida a ilustrar su libro Pintores cubanos de hoy, Berestein ya había trazado un lenguaje propio, interesado en retener los aires modernistas que desataban fructíferas experiencias para la cultura cubana en aquellos años. Un grupo de amigos entre los que sobresalieron Víctor Manuel, Carlos Enríquez, Cundo Bermúdez, Mario Carreño y Amelia Peláez, encabezaban la renovación pictórica que, cimentada en la apropiación de símbolos, tradiciones y valores autóctonos, aportaba nuevos matices para la comprensión de la identidad nacional.

Un año antes, o sea en 1943, el retratista había presentado con extraordinario éxito sus obras en el Lyceum y Lawn Tennis Club. La exhibición, quizá la mayor muestra de personalidades de la cultura efectuada en su época, tuvo una favorable acogida por parte del público y la crítica, quienes advirtieron la sagaz mirada del artífice detrás del lente. Citadas continuamente en la exigua bibliografía contemporánea, las palabras al catálogo escritas por Gómez Sicre, constituyeron uno de los más certeros juicios de valor emitidos entonces, pues constataron la plena identificación de su propuesta con las innovadoras experiencias plásticas del momento:

“Seguir el propósito subjetivo de crear ha hecho devenir de esta exposición de Berestein una exhibición artística más que una muestra documental. Estos retratos suyos en que los modelos son casi todos pintores, nuestros pintores de hoy, definen la posición de independencia de Berestein con respecto a las demás artes. Sus retratos son, ante todo, fotográficos en el más cabal sentido. Berestein demuestra a los que pintan que él no apetece más que un resultado estético fotográfico. Al pulsar el dispositivo la lente se adueña de lo que la vista no percibe y busca caras como planetas los telescopios, para aumentarlas y hallarles cráteres y sinuosidades fantásticas.”

Julio López Berestein, Retrato do Alberto Alonso.
Cortesía de Isachi Durruthy Peñalver.

La estrecha vinculación del artista con instituciones como la Sociedad Pro Arte Musical[1], testimonió el surgimiento de figuras que descollarían con posterioridad. Berestein podría ser catalogado como el “gran descubridor” de los fundadores de la escuela cubana de ballet: Alicia, Fernando y Alberto Alonso. Muchas de sus imágenes de estudios contaron con el protagonismo de estos bailarines cuando aún eran estudiantes. En el caso particular de Alicia, el vínculo legó cautivantes experiencias. El inusual y casi desconocido “Estudio fotográfico sobre Edgar Degas”, realizado en 1943, retomó diversas poses de las afamadas bailarinas pintadas por el maestro francés, recreadas ahora en una atmósfera en la que predominó el claroscuro. El fotógrafo hizo trascender el gesto danzario con gran ingenio y delicadeza al tiempo que nos remitía sutilmente al original impresionista.

Julio López Berestein, «Estudio sobre Degas».
Cortesía de Isachi Durruthy Peñalver.

En los años en que la figuración surrealista y metafísica enriqueció con creces el panorama plástico del continente americano, Julio Berestein viajó por disímiles naciones y se desempeñó además como Agregado Cultural de la embajada cubana en México y Argentina. En 1946 expuso en el Palacio de Bellas Artes de México, de manera simultánea con la exitosa muestra Pintura Cubana Contemporánea. Este vínculo con la comunidad artística latinoamericana fue cada vez más estrecho.

Julio López Berestein, Retrato de Fidelio Ponce.
Cortesía de Isachi Durruthy Peñalver.

En 1952 el edificio de la Pan American Union en Washington acogió Personalities in the Americas, que presentó retratos realizados junto a Augusto Tagle a destacados pintores como los aztecas David Siqueiros y Diego Rivera, el argentino Benito Quinquela Martín y los cubanos Fidelio Ponce de León y Mario Carreño, por solo citar algunos.

Fuera del estrecho marco de sus dos estudios fotográficos, en La Habana y Nueva York, Berestein colaboró con importantes publicaciones cubanas como el Diario de la Marina y la revista Carteles. En ellas sus fotos sirvieron como complemento de una intensa labor reporteril eclipsada por su exitoso desempeño como retratista comercial.

A partir de 1955 se integró a la nómina del recién fundado Instituto Nacional de Cultura, que entonces radicaba en el Palacio de Bellas Artes. Como Jefe del Departamento Fotográfico su vínculo con la prensa adquirió especial preeminencia con la sección “Lo que puede usted ver en el Museo Nacional”, que todas las semanas acercaba a los lectores del Diario de la Marina a las novedades de este centro.

Julio López Berestein.
Cortesía de Isachi Durruthy Peñalver.

En la década del sesenta Berestein se mantuvo al frente de este departamento. Se dedicó al testimonio de la restauración, conservación y exhibición de piezas de gran valor museístico y a perpetuar la concurrida agenda de actividades que se desarrollaban. Inventariar los copiosos fondos del museo marcó un giro categórico en su discurso visual al prescindir de la brillantez, la emotividad y la sofisticación de muchas de sus composiciones para concentrarse en una documentación fidedigna de las obras de arte. Este vuelco en su desempeño profesional desata numerosas interrogantes que demandan ser respondidas con prontitud:

¿Qué le motivó a quedarse en la Isla después de 1959, siendo uno de los fotógrafos cubanos más reconocidos en el exterior? ¿Se sentía comprometido con los cambios políticos que marcaron esta etapa? ¿Acaso cuestiones de índole familiar le impidieron marcharse? ¿Sería entonces el museo su única alternativa de resistencia?

No tengo dudas de que las transformaciones de la sociedad cubana tras el triunfo del primero de enero incidieron en su decisión. El contexto histórico privilegió una fotografía de combate o al menos afirmativa donde la posición paradigmática pasó a manos de foto reporteros encargados de testimoniar y / o configurar la nueva gramática visual que demandaba la Revolución. Pero no creo que el “compromiso” de su lente, entendido como apoyo incondicional a causas políticas, marchase por estos caminos. En la obra de Julio Berestein la apetencia de un resultado estético dignificante germinaba desde una particular concepción intelectual con la que se sintió plenamente identificado y a la que tributó generosamente, pues supo desembocar con autonomía en el lenguaje modernista que marcaban sus contemporáneos.

En 1968, víctima de una delación injusta es llevado a prisión y muere poco tiempo después por la creciente angustia del encierro. Se le construyó un proceso enrevesado en el que confluyeron los fuertes prejuicios políticos por su condición de artista y homosexual, estrechamente relacionado con un importante grupo de intelectuales que serían cuestionados, perseguidos y sumidos en un hondo ostracismo en el decenio posterior, a saber José Lezama Lima y Virgilio Piñera.

El conflicto de una colección fotográfica que espera ser descubierta y valorada es la plataforma dramática ineludible. La niebla ha traído consigo espesas zonas que no han sido removidas, aún. Pero a pesar del fragmentado recorrido y las dificultades de esta travesía, su prolífera obra sigue seduciendo demostrando una enorme capacidad de resistencia. Al evocar a Julio Berestein siempre viene a mi memoria el espontáneo y tenaz espíritu de los jazzistas que adoro, constatando así que el arte, como la vida, está colmado de causas y azares que pueden ser enfrentadas y superadas con éxito.