Esta serie de entrevistas con cineastas cubanos que asistieron al Seminario Robert Flaherty concluye con Gilliam de la Torre, la más joven de los tres. Ella habla sobre su obra, el trabajo de sus compatriotas y las experiencias del seminario.

Gilliam de la Torre

Gilliam de la Torre (Habana, Cuba, 1983): En los años 60, Cuba fue un país privilegiado para estudiar y desarrollarse como cineasta debido al dinero que había. Cuando triunfó la Revolución se fundó el ICAIC, y para ellos el cine era un miembro activo del cambio social. Muchos fueron a estudiar a otros lugares como la Cinecittà, y cineastas extranjeros de vanguardia vinieron a Cuba interesados por el cambio. Además se donaron medios, y se promovió la idea del noticiero. Todos los días se salía a la calle y se daba a los estudiantes una cámara para que grabaran lo que veían. Ahora no hay ni industria ni material ni nada. Hacer cine convencional es muy difícil, sino imposible. Pero la introducción del digital hace que, aunque sea caro, se puedan realizar películas. No hay que olvidar que la distribución nacional del cine en Cuba la hace el Estado, así que los realizadores que trabajan de forma independiente no tienen forma de distribuir el material en el país, y lo tienen que intentar fuera. Hay mucha más gente haciendo cine ahora que hace 50 años, pero se hace en malas condiciones y de forma apresurada e improvisada.

Yo empecé como fotógrafa y cinematógrafa. Me gradué en cine en junio de 2011. Hacía un servicio social como fotógrafa para una revista de teatro, y después hice la cinematografía para documentales, cortometrajes y videoclips, algunos con ICAIC. También he sido coordinadora de fotografía en la escuela de cine de San Antonio de Los Baños, en Cuba. Tengo tres proyectos documentales, dos de ellos terminados. Hago documentales porque puedo contar algo de una forma personal, y pienso que si no lo hago yo no lo va a hacer nadie. Mis proyectos tienen que ver con la memoria, con mi experiencia de vida, con la niñez. Uno trata sobre el zoológico al que iba en mi infancia, el único en la ciudad. Es un parque natural dentro del paisaje urbano. Me llamaba la atencion la soledad que tiene ese espacio, que es demasiado grande. Después empecé a interesarme en la relación entre los animales y las personas. Allí confluyen todo tipo de gente, haciendo ejercicio o ensayando con instrumentos musicales. Empecé a ir muy temprano en la mañana y grabé primeros planos del lugar vacío, a los que añadí mi voz con comentarios sobre lo que veía.

Las películas que hemos visto en el Flaherty de la directora letona Laila Pakalnina tienen mucho que ver con lo que yo hice. Ver su trabajo me ha dado coraje, valentía. En Cuba se hace mucho documental, existe una tradición documental desde los años 60, pero es una tradición muy narrativa y hasta cierto punto se ha estancado formalmente. Es un cine muy político, muy social, y muy interesante, que trata asuntos importantes, pero está encasillado en la forma, no es innovador, no busca nuevas maneras de contar las cosas. Yo, sin embargo, tengo una tendencia a no ser narrativa. En los dos trabajos que he hecho no se habla, son propuestas visuales, y el trabajo que he visto en el Flaherty me ha motivado en el sentido de no tener miedo a experimentar con la imagen, con el tiempo, a traicionar la imagen y a probar distintas formas de utilizar el documento de archivo. Ha sido muy inspirador.

El trabajo que más he valorado es el del director francés Sylvain George sobre la revuelta social porque combina la poesía visual, la búsqueda estética, con el interés en cosas muy concretas que son problemáticas. No pierde la perspectiva nunca. Ese poder de conjugar esos dos intereses me ha marcado. También me interesan los trabajos de la norteamericana Su Friedrich porque tienen que ver con el tipo de cosas que haría yo, partiendo de experiencias personales, de cosas que he sentido. Mi tercer proyecto, A Muerte Película, es la historia de una pareja de ancianos en la que ella es psicóloga y él proyeccionista. Entre ellos tienen un discurso social muy interesante. El Flaherty me ha hecho pensar de qué manera puedo poner imágenes a sus entrevistas. Como conclusión, por un lado me llevo la idea de reflexionar sobre el propio elemento del cine y sus herramientas, y por otro una reflexión sobre la aproximación hacia el otro, lo que hace del cine algo más auténtico. Cómo las herramientas del cine pueden ser repensadas en función del sujeto al que uno se aproxima. He estado observando, conversando, y me llevo una libreta llena de ideas con una conclusión principal: la necesidad de repensar el medio.

Yo quiero hacer cine donde quiera que vaya, aunque siento que en Cuba es donde yo puedo quizás tener un análisis más profundo sobre cualquier cosa porque es lo que conozco, y es parte de lo que soy. Tengo una conexión con Cuba que no voy a perder el resto de mi vida, pero como fotógrafa y cinematógrafa por supuesto me interesa mucho descubrir otras formas de ver, otras culturas. En el Flaherty estamos aislados en un campus universitario, pero este espacio está lleno de gente de muchos lugares distintos, y eso da una variedad de perspectivas sobre el arte y sobre la vida. En consecuencia, esta experiencia ha sido una manera inmediata para mí de tener acceso a los códigos de representación que se están manejando en el arte y en la cultura contemporáneas.