El crítico teatral Norge Espinosa prosigue su mirada a las relaciones entre el cine y el teatro en las décadas posteriores al triunfo de la Revolución. En la Primera Parte, se aproximó a los años 50 y 60. Ahora continúa asomándose a los funestos 70, el renacimiento teatral de los 80 y 90, y los cambios recientes en la inestable relación entre cine y teatro cubano.

Raúl Martínez, cartel de Lucía (1968) por Humberto Solás

En los 70 se hace más escasa la voluntad de acercamiento entre el teatro y la pantalla. En ello debió influir profundamente el efecto de la parametración, el proceso activado en 1971 desde el Consejo Nacional de Cultura que indicaba la separación de sus roles en el ámbito artístico, de figuras cuya conducta moral, sexual o política no cumpliera con los “parámetros” del nuevo momento social. No pocos líderes de la escena debieron replegarse o invisibilizarse, y la tensión que alimenta siempre la relación público-escena se hizo mucho menos interesante durante un período que abarcó casi un decenio.

Pese a ello, lo teatral sí logró hacerse sentir en la obra de algunos de los mejores creadores del cine en Cuba. Filmes de Solás, como Lucía, no solo emplearon siempre a los mejores actores y actrices (Raquel Revuelta, inolvidable, a la cabeza de ellos), sino que también Tomás Gutiérrez Alea, como premonición de lo que vendría, se lanza a Una pelea cubana contra los demonios, en un proyecto delirante que deja ver a muchos de los intérpretes de Ocuje, grupo dirigido por Roberto Blanco, y que contaría entre las víctimas de la parametración. Los días del agua, de Manuel Octavio Gómez, es una película que juega al documental, con cargas expresionistas, a partir de un hecho auténtico, apelando a lo teatral como metáfora. Solás mantendrá ese aliento teatral en buena parte de su obra, insuflándolo en momentos de Cecilia y Amada, o abordándolo abiertamente en el documental que dedicó al grupo Buendía, eje de la reanimación de la vida escénica a inicios de los 80, cuando empezaron a despejarse las brumas de la parametración.

El dramaturgo que mejor suerte ha tenido en relación con la pantalla ha sido Eugenio Hernández Espinosa. Sus piezas María Antonia y Mi socio Manolo han sido adaptadas por Sergio Giral y Julio García Espinosa. Otros dos filmes, al menos, llevan parte de su autoría: el musical Patakín (uno de los títulos de culto del cine cubano, dados sus muchos desafueros), y Roble de olor. Si en los 80 siguen ausentándose los diálogos con las tablas, aparecen filmes discretos que apelan a lo que el teatro decía sobre Cuba: ejemplo Como la vida misma, de Víctor Casaus con el Teatro Escambray, grupo del cual varios actores pueden ser vistos en la comedia No hay sábado sin sol. Y se produce un raro cruce, al servir un guión de cine como base para un éxito teatral, que luego da pie al rodaje de Se permuta, uno de los más exitosos momentos del cine cubano, protagonizado en 1983 por esa gran actriz que es Rosa Fornés, en su retorno a las cámaras tras largos años de forzado alejamiento.

En 1989 dos filmes ligados a lo teatral vienen a dar fe de lo provechoso que puede ser el enlace entre ambas expresiones, si todo viene de la mano de un director sagaz. Es la fecha del estreno de La bella del Alhambra, de Enrique Pineda Barnet; y de Papeles secundarios, de Orlando Rojas. Tal vez no puedan imaginarse dos obras tan distintas, pero ambas cubren una zona de necesidades en el cine nacional que las justifica y las hace trascender. La bella…, sigue el patrón del cine musical más socorrido, pero ambientado en una recuperación de lo cubano que no duda ante lo sentimental, lo melodramático y la nostalgia, amén de un elenco de lujo centralizado por Beatriz Valdés, en su rol de diva del Teatro Alhambra.

Papeles…, es un filme que se lo juega todo por quebrantar moldes narrativos, clisés, en pos de polémicas que parecían impostergables. Rinde tributo a Carlos Felipe, tomando parlamentos de su Réquiem por Yarini, para deslumbrar con una puesta en pantalla y una dirección de arte que demostró que Cuba podía ser, en las pantallas, un paisaje más actual e incómodo. Y teatral, qué duda cabe. No quisiera cerrar este rápido repaso sin recordar que Alberto Pedro, uno de los más interesantes creadores de textos para la escena, colaboró con Rigoberto López en ese unipersonal cinematográfico que es La soledad de la jefa de despacho, asumido con su proverbial eficacia por Daisy Granados, en 1990.

En los años más recientes, algunos directores se han apresurado a rescatar los títulos que, escritos hace ya cuarenta años atrás, no lograron en su día provocarnos desde la pantalla. Léster Hamlet retoma La casa vieja, de Estorino, para alzar su debut como director de largometrajes, y Juan Carlos Cremata se dirige a Héctor Quintero para rodar El premio flaco, dando ahora mismo los toques finales a Contigo pan y cebolla. Fernando Pérez ha solicitado a uno de nuestros mejores directores, Carlos Díaz, su colaboración en varios de sus filmes, como Madrigal y El ojo del canario, acto de humildad que recuerda a Titón pidiendo a Vicente Revuelta toda su complicidad en Una pelea cubana…, o a Carlos Celdrán, discípulo de Flora Lauten y hoy líder de Argos Teatro, como coguionista de Papeles secundarios. No son tantos los ejemplos, y ello nos deja hablar de una pantalla ausente. O al menos no tan habitada por lo teatral como se quisiera en Cuba, donde no faltan nombres de talento en las tablas, y sin embargo, se echa de menos su gesto en el cine nacional. Ojalá eso cambie con los aires que quieren aportar hoy los nuevos dramaturgos. Y con los empeños que, dentro y fuera del ICAIC, hoy animan al nuevo cine cubano. Y al nuevo teatro. Y a todo el país.