La tercera edición del Festival Leo Brouwer de Música de Cámara, celebrada en La Habana entre el 30 de septiembre y el 7 de octubre, fue dedicada a rendir homenaje a Chucho Valdés, maestro del piano y el jazz en Cuba, en ocasión de su 70 cumpleaños.Compositor y pianista, arreglista y profesor, Valdés es también doctor en música por universidades extranjeras y cubanas, ha sido galardonado en la isla con el Premio Nacional de Música (1999), y en Estados Unidos ha recibido numerosos premios Grammy.

Apenas con tres años, Dionisio de Jesús Valdés Rodríguez, conocido luego sencilla y llanamente como Chucho Valdés, ya le sacaba al piano con un único dedo la melodía de «La vaca lechera». Su padre, el pianista Bebo Valdés, decía: «Ese niño viene con luz». Chucho nació en la localidad de Quivicán el 9 de octubre de 1941 y bajo la influencia inicial de su padre, pianista excelso y pieza clave en el desarrollo del mambo, absorbió la tradición musical clásica, europea, al mismo tiempo que los rasgos de la música popular de la isla y del jazz norteamericano. Son las fuentes que otorgan en la actualidad un sello inconfundible a su obra composicional e interpretativa.

En una entrevista concedida al periodista J. C. Lemus, Chucho Valdés se autodefine como: “Soy el más feliz de los esclavos. Comencé a tocar el piano a los tres años y no he dejado de estudiar ni un día. Pudiera pensarse que esto es una esclavitud, pero, ¡qué maravillosa! Vivo para crear, para estudiar la técnica del instrumento y buscar un camino nuevo, una idea nueva, tratando siempre de renovarme.”

A la edad de 16 años, ya Chucho era pianista de la orquesta de su padre. De ese período inicial recuerda: “Hasta los quince o dieciséis años tuve una mayor tendencia hacia lo popular cubano, junto con lo clásico, lo estudiado en el Conservatorio. Por entonces, un amigo me instó a oír más jazz, a conocer el trabajo de sus mejores pianistas. Opinaba que no improvisaba lo suficiente y yo lo sentí como una deficiencia. Compré mi primer disco de jazz, del tecladista Dave Brubeck. Me impactó y entré en un mundo nuevo para mí. A partir de Brubeck, estudié a fondo el piano del jazz.”

Tras aquellos primeros pasos, vendría su presencia en la Orquesta del Teatro Musical de La Habana, cuyo maestro de armonía era el compositor Leo Brouwer. Por esos mismos años, creó el conjunto “Chucho Valdés y su Combo”, con el cantante Amado Borcelá (Guapachá). Apto para empeños mayores, en 1967 fue llamado por Armando Romeu para integrar las filas de la Orquesta Cubana de Música Moderna, un ensamble que marcó pautas en el ambiente sonoro cubano.

Como desprendimiento de la orquesta, surgió “Jesús Valdés y su Quinteto”, proyecto que participó en 1970 en el renombrado festival de jazz de Jamboree, Polonia. De aquel momento, Chucho expresó a la investigadora colombiana Adriana Orejuela:
“…todos los que habían experimentado con los tambores batá, habían llegado a un límite y habían parado porque no era comercial, porque no se vendía, etc. Y empezamos a tomar de ahí. Vamos a hacer algo que además sea muy universal, vamos a universalizar eso con elementos de jazz […]. Entonces se me ocurrió para el Festival de Jazz Jamboree en el año 70, desarrollar eso y fuimos poniendo la Misa Negra, con cantos yorubá, con oraciones en esa lengua, con toques rituales […] fue un escándalo, porque ese día tocaba el Cuarteto de Dave Brubeck, que cerraba el espectáculo, él nos oyó …éramos muy jóvenes, estábamos asustados. Cuando terminó Brubeck nos mando a buscar, nos dio un abrazo, me dijo que lo que yo estaba haciendo era un nuevo camino para el desarrollo de la música afrocubana y su fusión con el jazz. Me dijo: “never stop”, fue el mejor premio, mejor que el aplauso del público y fue lo que me inspiró a seguir haciendo más ese trabajo y también a ampliarlo. De ahí nos salió la idea de hacer Irakere.”

En 1973 nacía su agrupación insigne: Irakere, palabra yorubá que significa selva. Chucho y los compañeros de la macrobanda deseaban hacer una música que fusionase los ritmos afrocubanos de origen bantú, yorubá y carabalí con elementos musicales del legado universal. En aquella sonoridad se escuchaba, junto a un fraseo jazzístico de los instrumentos de viento y a los tumbaos de piano, una guitarra eléctrica procesada con pedales como el wah y el fuzz. Para muchos, fue una sorpresa. Era como la sonoridad de Carlos Santana pero con mucha más fuerza en lo percutivo. De aquel estilo de trabajo, surgió un primer tema: «Bacalao con pan», que toda Cuba bailó y tarareó. La fórmula de orquestación ideada por Chucho marcó a las bandas cubanas que aparecieron posteriormente, en especial en lo referido al tratamiento de los metales.

A propósito de Irakere y de su legado, Chucho Valdés confesó: “Todos y cada uno de los que pasamos por Irakere éramos desconocidos cuando llegamos, Irakere es un laboratorio de supermúsicos. Paquito, Sandoval, Maraca, Angá, Cortés…Irakere está reconocido como lo que fueron los Messengers de Art Blakey o el quinteto de Davis, sitios donde la gente llega y después rompe. Es mi orgullo que se reconozca el trabajo y el aporte de treinta años de música.”

Chucho no se conformó con los lauros alcanzados por Irakere. Hacia 1978 se involucró en una de las experiencias más vitales de la música cubana en las últimas décadas. El histórico concierto entre Irakere y Leo Brouwer como guitarrista, se efectuó en el teatro capitalino Carlos Marx. Chucho ofreció temas propios junto a versiones de obras de compositores como Villa-Lobos y Joaquín Rodrigo, registrados en un disco. Valdés siempre se ha planteado renovar la visión de su trabajo, uno percibe una constante evolución de sus creaciones enmarcadas en el afro jazz y el Cubop.

Para reinventarse, cuando se lo propone, Chucho se aparta de los clisés que han inundado el mundo del jazz latino o afrocubano. Prueba de ello son discos como Canciones inéditas, álbum que recibiera en el año 2002 el Premio Grammy Latino en la categoría de Pop Instrumental, o el fonograma grabado para el sello Engel de la RCA Victor en la vertiente de la música académica. Con producción de Max Wilcox (reconocido por su habitual producción del polaco-estadounidense Arthur Rubinstein,), Chucho interpretaba obras de compositores como Lecuona, Chopin, Debussy y Rabel.

Como una rara avis, Valdés tiene la capacidad de saber desviarse de su quehacer dentro de la estructura de grupo, de cuarteto o de quinteto e incluso del lenguaje propiamente jazzístico, para incursionar en un discurso a piano solo. Así demuestra su enorme cultura musical, evidenciada en las citas de fragmentos autorales y/o apropiaciones de figuras que van desde Rachmaninov, Chopin, Cervantes, hasta Oscar Petterson, Keith Jarret o César Portillo.

Como pianista, ha sido dotado de condiciones excepcionales. Su mano izquierda pareciera a veces estar recordando a ese clásico que fuera Ernesto Lecuona, mientras que la derecha de pronto irrumpe con lo que es el propio «estilo Valdés»: la fuerza de lo afro. La mixtura de lo clásico con lo latino, la simultaneidad en ciertos momentos de ambas tendencias, ejecutado sólo por las dos prodigiosas manos, ha merecido al cubano ser considerado en la categoría de los genios.

Alabado por su técnica, valorado por la crítica internacional como uno de los pianistas vivos mejor dotado en el ámbito del jazz, Chucho comentó sobre la relación entre talento y formación en entrevista para la revista española Jazz Andalucía: “El talento se tiene y la formación se adquiere, Chano Pozo y otros muchos eran talentos naturales. Además de músicos soy maestro y profesor, y creo que se necesita dominar también el lenguaje para poder decir cosas. Por supuesto que la técnica sola es algo vacío, mejor ambos a la vez, pero si hay que elegir prefiero una idea buena a una técnica hueca.”

Las composiciones de Valdés en jazz latino o afrocubano ofrecen el máximo de espacio a la creatividad de los otros instrumentistas. El jazz es improvisación musical de cada uno de los músicos, pero en el caso de Chucho este rasgo asume una dimensión especial. De “Mambo influenciado” a “Claudia”, pasando por «Juana 1600», el danzón «100 años», la monumental «Misa Negra», el «Adaggio» de Mozart, «Las margaritas», «Tierra en trance», «Shaka Zulú», «Shangó», «Stella», «Pete and Ronie», «La explosión, Mr. Blue (versión de Duke), hasta llegar a piezas más recientes como «Babalú» o «Yemayá», existe una continuidad estilística junto la presencia de nuevos elementos tanto en lo armónico, lo melódico y lo ritmático.

A Chucho lo define su capacidad para sorprender al oyente. Como solista o al frente de Irakere, de su quinteto o de su actual proyecto, los Afrocuban Messengers, el músico cubano corrobora el criterio de que lo mejor que puede generar la música es felicidad y entusiasmo. Ninguna música en el mundo lo hace como el latin-jazz.

Quizás por lo anterior, cuando Michael Green, presidente de la National Academy of Recording Arts and Sciences (NARAS), vino a Cuba para entregarle a Chucho Valdés y a Irakere el primer Grammy ganado después de 1959 por un grupo cubano residente en la isla, galardón que por cosas de la política nunca había llegado a sus manos, declaró: «No hay ninguna duda de que, desde el principio, lo que nos maravilló de Chucho Valdés y el resto de Irakere es la maestría de sus músicos. La calidad es increíble, es impresionante.”